El buen gobierno

Publicado en http://www.castelloninformacion.com el 16 de septiembre de 2013

Según el Tao Te King (TTK), escrito por el sabio Lao Tse, en su capítulo 17:

El mejor gobernante es aquel de cuya existencia la gente apenas se entera.
Después viene aquel al que se le ama y alaba.
A continuación, aquel al que se teme.
Por último, aquel al que se desprecia y desafía.
Si eres desconfiado, otros desconfiarán de ti.
El Sabio pasa desapercibido y ahorra las palabras.
Cuando su tarea ha sido cumplida y las cosas han sido acabadas, todo el mundo dice: “¡Somos nosotros los que las hemos hecho!

(Traducción de Colodrón)

Los chinos crearon su civilización antes que la nuestra. Cuando Roma empezaba a ser el centro de nuestro mundo, China ya tenía un enorme poder, que dejaba al de Roma en un nivel insignificante. Dada su muy numerosa población, China tuvo que desarrollar una filosofía de la convivencia efectiva y práctica que resolviera los conflictos más comunes, eficazmente. Y surgieron dos tendencias complementarias: el taoismo y el confucionismo. El taoismo con más de 4.000 años de antigüedad trata del sentido último de la vida y del universo y el confucionismo trata de los aspectos éticos. Cada vez que leo el Tao Te King, veo la respuesta a algún problema, casi siempre de gobierno o de filosofía de vida, que nosotros los occidentales, tan listos, no hemos resuelto todavía. Y que es válido para cualquier tamaño de organización, tanto para una pequeña empresa como para el gobierno de una nación. Es lo que hoy se diría ‘escalable’. Para el que no conozca el TTK es un librito muy pequeño, con 81 capítulos, a veces no tan fáciles de leer, que admite una segunda y tercera lectura, que yo descubrí bastante tardíamente, pero que me ha ayudado incluso a superar épocas de mi vida cargadas de una gran tensión y tristeza. Porque está lleno de palabras sabias que no desprenden tensión, sino equilibrio. Y no es el libro de ninguna secta ni es incompatible con la tradición occidental, excepto en que no hay drama en sus páginas, sino una enorme paz.

Este capítulo en particular nos da dos ideas muy valiosas: Una graduación de la bondad de un gobernante, basada en lo que percibe el pueblo. Dándole el mayor valor al que pasa desapercibido. Yo quiero eso. Sería señal de que no habría corrupción y de que la gente estaría contenta, sin que nadie tuviera que agradecer, ni amar o alabar al que manda. Y desde luego no tendría que temerle, o despreciarle, o desafiarle. La otra idea es la de cómo consigue el buen gobernante hacer su labor, pues identifica la confianza y la humildad como las virtudes que debe tener.

Cómo me gustaría despertar un día y ver que en nuestro entorno estos valores hubieran triunfado y tuviéramos en todos los puestos de responsabilidad a gente que practicara este sencillo código de buen gobierno: saber hacer que la gente tenga confianza, que tenga la sensación que es ella misma la que ha hecho las cosas, es decir; que se han cumplido sus expectativas y se sienta orgullosa del resultado.

No es fácil que esto ocurra. Es una utopía. Pero vale la pena pensar que puede suceder alguna vez. Los ciudadanos nos merecemos, o por lo menos necesitamos, que se rebaje el nivel de tensión, que no haya siempre un motivo de confrontación. Que nos podamos dedicar a abordar los asuntos de los que depende nuestra realización y nuestro bienestar.

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