El culto a los muertos

Publicado en http://www.castelloninformacion.com el 28 de octubre de 2013

Desde antiguo los humanos hemos practicado culto a los muertos. Muchos de los vestigios arqueológicos y restos de civilizaciones anteriores así lo atestiguan. Los arqueólogos suelen atribuir a grupos de homínidos que practicasen enterramientos ordenados, y no abandonasen el cadáver a su suerte, un signo de inteligencia y civilización. Posiblemente no tienen en cuenta que muchos animales también se compadecen de sus familiares y amigos fallecidos. Es notable por ejemplo el duelo que observan los elefantes ante un ser querido. O los muchos casos en que un perro ha hecho el papel de guardián de la tumba de su amo o le ha recordado hasta su propia muerte. Véase la película ‘Hachiko’ protagonizada por Richard Gere.

El caso es que desde bien antiguo, a veces, el ser humano ha dedicado más recursos y empeño en construir monumentos o en dar ofrendas a los muertos importantes, que a atender o socorrer a los vivos. Desde los monumentos megalíticos que se consideran muestras de arquitectura y arte funerario. Supongamos que las grandes pirámides de Guiza en Egipto, dedicadas a Keops, Kefren y Micerinos, son monumentos funerarios, según se desprende de las inscripciones halladas en ellas, pretendiendo que el espíritu y el nombre de los faraones perdurase eternamente. Ahí tenemos un ejemplo de una estructura grandiosa que incluso hoy en día, con nuestros medios, no sabemos cómo sería posible construir, dedicada a dar culto a los difuntos. Pero en otra civilización tan distinta como es la china, tenemos el impresionante enterramiento del emperador Qin Shi Huang, con sus 7.000 guerreros de terracota, que forman parte de un inmenso mausoleo de más de 2 Km cuadrados de extensión, con muchas partes aún desconocidas, en el que se cree que participaron 700.000 operarios durante 38 años, en una época tan antigua como la del general cartaginés Anibal y Publio Cornelio Escipión proconsul en Hispania.

Otro ejemplo más cercano sería el Escorial, como tumba de los reyes españoles. También podemos recordar como las catedrales cristianas sirven de tumba a personajes diversos, desde religiosos a notables guerreros, como Rodericus Didaci Campidoctor, el Cid Campeador, cuyos restos se supone que están, junto a los de su esposa Eximina, en la tumba frente al altar de la catedral de Burgos. Y en cuanto a los cementerios, basta con recordar el famoso cementerio ‘La Ciudad de los Muertos’ de El Cairo, en que son los vivos los que habitan en los templetes o panteones. O en la extensión y riqueza artística de cementerios españoles como el de ‘La Almudena’ en Madrid y el cementerio de ‘Montjuic’ en Barcelona, este último con su orientación al sur y sus vistas al mar.

En cuanto a los ritos finales en honor al fallecido y la disposición del cadáver, las dos opciones más importantes son el enterramiento y la cremación, precedidas de una ceremonia con participación de los que le conocieron en vida. Ambas no terminan en el acto en si, sino que claramente suponen ofrendas a los muertos en forma de recuerdos que se entierran con el mismo, o flores, comida y otros regalos que se añaden a la pira. El embalsamamiento ha sido también una opción, muy cara, desde bien antiguo, que nos ha permitido conocer algo más de cómo eran y vivían los que así se han conservado para entrar en la eternidad, en su época, junto a sus pertenencias más queridas, tanto en África como en América, y también en Europa. Se embalsamaban incluso los animales domésticos en el Egipto de los faraones.

Yo creo que todo eso demuestra hasta que punto el culto a los muertos ha sido y es importante. Lo que no me queda claro es si la actitud de los vivos es la misma que en el pasado. Basta con echar la vista atrás para darse cuenta que hace medio siglo la muerte estaba más en el día a día que ahora, en que se pasa de puntillas sobre el asunto. De velar al fallecido en su propia casa, hemos pasado a la frialdad del tanatorio. De visitar las tumbas el día de los difuntos, a esta farsa rara del ‘Halloween’. Lo más próximo que tenemos la muerte son las películas de ‘muertos vivientes’, también truculentas y raras.

Los tiempos han cambiado. Puede que para bien. Lo que está claro es que ya no son tan frecuentes o tan grandiosos, ni las construcciones funerarias, ni los ritos y memoria dedicada a ello. Quizá lo que esto demuestra es que las instituciones, y entre ellas la familia, como resultado del cambio a la forma de vida actual, van perdiendo peso en una sociedad cada vez con menos alma y más volcada en el disfrute inmediato. Lo que habrá que revisar si el culto a los muertos es una señal de civilización, como sostienen los arqueólogos, o una seña de obsolescencia social y primitivismo, como parece que va imponiéndose ahora.

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