Seres celestiales

Publicado en http://www.castelloninformacion.com el 30 de marzo de 2015

Dos noticias de carácter científico, aparentemente sin relación, me han llamado la atención esta semana. Por un lado se ha analizado, por parte de científicos de la Universidad de Jaén, la momia de una mujer encontrada en Egipto en una necrópolis cerca de Assuan, con un deterioro óseo peculiar, una osteoporosis notable con huesos que tenían bordes irregulares. La conclusión es que la mujer sufrió cáncer de mama con una metástasis muy avanzada, probablemente la causa de su muerte. La otra noticia es la de que se ha iniciado en la Estación Espacial Internacional un experimento en el que intervendrán dos astronautas que van a permanecer allí un año, para estudiar el deterioro del cuerpo producido por la ausencia de gravedad y la radiación. Este experimento es parte de los que se prevén como preparatorios de un futuro viaje a Marte en que la tripulación estará sometida a condiciones semejantes durante un año. Un punto de comparación que va a haber es que uno de los dos astronautas que participa en esta misión tiene un gemelo, que se quedará en la Tierra, con el que se va a comparar al principio y al término del experimento, las diferencias en el funcionamiento de los órganos e incluso del estado de su ADN.

En Egipto, y en general en el mundo antiguo, la astronomía, como observación del cielo estrellado y de la evolución de los astros, tiene gran importancia y es objeto de culto. La disposición de monumentos singulares en la superficie del país del Nilo ha sido relacionada con la disposición en el cielo de estrellas. Se diría que los egipcios querían reproducir en la Tierra una especie de mapa estelar. En ese mapa, las tres grandes pirámides de Giza, Keops, Kefreén y Micerino, representarían las tres principales estrellas del Cinturón de Orión. Tienen también en su mitología la diosa Nut, “La Grande que parió a los dioses”, es la diosa del cielo, creadora del universo y los astros” (Wikipedia), que se representa como una mujer arqueada, como se supone que está la bóveda celeste, con estrellas en la superficie su cuerpo.

En el mundo moderno, la exploración del espacio ha sido aliciente de muchos desarrollos científicos y tecnológicos, que han sido necesarios, como los peldaños de una escalera, para llegar al objetivo, y que luego han tenido aplicación en nuestro día a día. En un mundo en que hay que huir de las aglomeraciones humanas para tener la oscuridad necesaria para observar el cielo, el conocimiento preciso de lo que ocurre ‘ahí arriba’ también ha resultado ser esencial en nuestra vida, aunque de otro modo.

La conclusión más general que se me ocurre es que no somos tan distintos respecto de los humanos de hace 4.000 años: padecemos las mismas enfermedades, con mejor o peor desenlace, nuestro cuerpo se deteriora por influencia de agentes externos y nuestra inteligencia apunta al cielo, como si tuviéramos cierto respeto, añoranza o cierta propensión a ser seres celestiales.

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