Seres vivos, colonias, residuos.

Los seres vivos y sus colonias producen residuos: arrecifes, troncos, esqueletos y conchas, y también extrañas acumulaciones como los propios hormigueros y ciudades, que modifican notablemente el paisaje.

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Árboles: la mayor parte de su cuerpo es celulosa ‘muerta’ que forma la estructura de los troncos, raíces, ramas y de las propias hojas.

Es admirable como los corales son capaces de formar arrecifes y atolones por acumulación de los restos de sus esqueletos. Unos minúsculos seres vivos dando lugar a ingentes construcciones, involuntarias en el sentido que le damos a esa palabra, pero útiles. También las colonias de células que forman el árbol vivo dejan, fruto de su acción biológica, hermosos troncos y ramas capaces de albergar otras múltiples formas de vida que llamamos, por ejemplo, pájaros, monos, arañas, serpientes y variedad de insectos. Siendo el árbol en si una estructura ‘muerta’ de celulosa en su mayor parte, aunque hogar de una colonia de células afanadas en la función clorofílica, con la que producen azúcares combinando el agua que extraen de la tierra y el carbono oxidado del aire, modificando irreversiblemente su entorno, tanto terrestre como aéreo.

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Vertebrados: sus esqueletos están formados por compuestos calcáreos formados durante su crecimiento.

Y qué diremos de los animales, tanto los vertebrados como los artrópodos, colonias ambulantes a su vez de células con un mismo ADN en simbiosis con innumerales cepas de microorganismos de otras especies, que viajan juntas, alimentándose de otras colonias, y acomodando su entorno, al tiempo que hacen crecer sus esqueletos, que les sirven de marco y soporte. Y sus conchas que, al acumularse tras la muerte de los seres vivos que las disfrutan, van sedimentándose hasta formar las rocas calcáreas con las que luego unos adornamos los baños y otros esculpen hermosas esculturas.

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La ciudad o el ‘hormiguero’ humano: residuos metamórficos de silicatos, metales, celulosa y otros materiales constructivos. La foto es de Frankfurt.

En ese acomodarse, las colonias vivas que conocemos como ‘seres humanos’ (y en esto somos semejantes a las hormigas), superan a los corales en la tarea de producir, mediante extracción, purificación o concentración y operaciones mecánicas y químicas de índole diversa, unos materiales metamórficos a base de silicatos, metales y celulosa, que conocemos como ‘casas’ y otros ‘edificios’, que junto a ‘vias de comunicación’ y otros ‘recursos o construcciones’ componen las ‘ciudades’. Sin olvidarnos de los desagradables residuos llamados ‘escombros’, ‘basuras’ y ‘contaminación’.

Además los ‘humanos’ ordenamos la vida de multitud de otras colonias llamadas ‘ganado’ y hacemos que broten colonias de plantas llamadas ‘cultivos’. Y aunque no se puede identificar la ‘voluntad’ que dirije la acción del coral en su loca carrera constructiva y tampoco quíen decide cómo y cuándo formar la rama del árbol, y tampoco queda clara la voluntad que manda crecer al esqueleto, entre la miriada de microorganismos que forman al ser vivo, sin embargo es curioso comprobar cómo las ‘supercolonias’ que somos los grupos de humanos nos las vamos arreglando para decidir cómo serán las ciudades y las estructuras de nuestras organizaciones… A veces incluso mediante acuerdo.

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