La araña de la farola

Las arañas son cazadoras tenaces y creativas. Tienen un cuerpo que parece un arma de guerra, dotado de elementos de defensa y de ataque, como un carro de combate. Aunque cueste creerlo, dentro poseen corazón y, desde luego, también cerebro. Y resisten a los avatares del destino, una y otra vez.

La araña de la que nos ocupamos hoy es vecina mía desde hace años. Puede que la de ahora sea una hija de la primera que habitó lo alto de la farola a la derecha, enfrente de mi terraza. El lugar es ideal para una araña.

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Situémonos en el escenario. Una avenida iluminada, reclamo para que vengan de noche, insomnes insectos voladores, atraidos por el resplandor, como ‘mosquitos’ de diverso diseño y pequeñas polillas, que creen que la luz de la farola es como una especie de stargate, una abertura hacia un universo prometedor, repleto de nectar perpétuo y golosinas.

Los que no son capturados al vuelo por los murciélagos, que vienen todas las noches no se sabe de dónde (y que forman parte de algunos símbolos valencianos), o por los pequeños lagartos (popularmente conocidos como ‘dragones’, también presentes en la heráldica valenciana), en el momento en que se posan en una pared; los que se salvan de estos pequeños depredadores son candidatos a ‘clientes’ de la araña de la farola.

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Si nos acercamos con el zoom, podemos apreciar una tela magnífica, con aspecto de antena parabólica. Quizá las arañas, además de para la caza, emplean estas estructuras para comunicarse remotamente (es broma), o quizá esta hipótesis sea mi recuerdo de una pesadilla. El caso es que la telaraña tenía, yo lo conté, unos 18 radios y más de 20 círculos concéntricos. Ejecutados con una asombrosa precisión.

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En lo que parecía una danza, la araña iba tejiendo de afuera hacia dentro su red, una vuelta tras otra, cada vez más cerca del centro, creando un instrumento de captura perfecto, disponiéndolo a la espera de que una incauta víctima quedara atrapada en el artilugio mientras se acercaba hacia la luz…

Y he aquí que vino la tormenta. En el balance de daños consiguiente, la tela que tan afanósamente había preparado nuestra amiga, había quedado maltrecha.

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Los comentarios que oigo son del tipo, ¡pobre araña, con lo que le costó hacer su red!, ¿qué va a hacer ahora? Pero yo creo que se va a reponer del desastre. Ya resistió en otra ocasión triste, una crisis de importancia, cuando los operarios cambiaron las bombillas halogenas por lámparas led y le destrozaron sus redes. Pero ella volvió y reconstruyó su proyecto, esta vez ‘un modelo basado en led’.

Un sitio como el suyo no siempre se tiene. Lo alto de una farola, que atrae insectos de noche tiene muchas ventajas. Y las rendijas de la farola son también un buen escondrijo para que los pájaros no capturen a la araña. Así que, como haría un empresario, (vamos a ponernos dramáticos y un poco cursis) habrá un ‘diálogo’ entre su corazón y su cerebro, y sopesará que, aunque siempre estará expuesta a una crisis por los avatares del mal tiempo o de las circunstancias, la esperanza de las capturas futuras la alentará a reconstruir su tela. Digamos que esta es, por analogía de las fuerzas y motivaciones económicas, la clave de su plan o proyecto de vida: arriesgar para ganar un futuro.

Creo que es una campeona, y ahora volverá a tejer otra tela mucho mejor reforzada. Esto, de seguro, no es el final de la historia de la araña de la farola.

Un comentario en “La araña de la farola

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